De tu dolor ya no queda nada
y ahora hace tanto
que se perdió
toda tu luz,
todo tu encanto.
Y ahora sueñas con volver,
pero temes saber
que las hojas secas
sólo pueden caer.
De tu dolor ya no queda nada
y ahora hace tanto
que se perdió
toda tu luz,
todo tu encanto.
Y ahora sueñas con volver,
pero temes saber
que las hojas secas
sólo pueden caer.
Despierta alterado y entre sudores. La noche ha sido una sucesión de pesadillas que han calado hondo en él. El colchón y la almohada están empapados. La primera pesadilla transcurre en una cama, una amante sin rostro le presiona el torso con las piernas, él desea ver su cara pero ella no le deja. La presión cada vez es mayor y la risa de su amante cada vez más diabólica, sabe que no es una mujer. Si no algo que le oprime y que le deja sin respiración. Lo que había empezado como un juego de cama se convierte en una lucha por sobrevivir, por intentar salir de debajo de las sabanas y descubrir ese rostro horrendo. Se ahoga, llora y por fin despierta. Necesita un cigarro, lo enciende con dedos temblorosos. Vuelve a conciliar el sueño y el inconsciente empieza a volar. Ahora se encuentra en una cárcel, no se acuerda del delito cometido, solo que debe pagar por su error, consigue un permiso por su cumpleaños, hay pocos asistentes a su fiesta, se marchan pronto. Al día siguiente sabe que tiene que volver. No soporta la idea de pasar un segundo enclaustrado. Se desespera y empieza a romper todo lo que encuentra a su paso. Destroza su casa. Cuando comprende que lo mejor es rendirse y aceptar el pago de sus errores. Vuelve a despertar. El sueño sigue presente y cree que mañana debe ingresar en prisión, hasta que su consciente golpea de lleno y ríe nerviosamente.
Mira el cenicero, esta lleno de colillas. No recuerda haber fumado tanto. Enciende un cigarrillo, lo apura nervioso, cuatro caladas. Enciende otro. Sabe que no va a volver a dormir. Prepara café y coge el libro de Burroughs que está leyendo, le da vueltas con una mano, en la otra un café humeante, tiene la sensación de que es el libro el que le hace tener esos extraños sueños. Abre la ventana y lo tira. Sus hojas desafían la caída al vacío. Camina por su casa, buscando que hacer, coge otro libro. Se sienta a leer, sonríe.
Dolores de espalda, eso siente Atlas con la carga del mundo, no soy Atlas, yo no soporto el peso del mundo, mis problemas y pensamientos pesan y destrozan mi espalda, quizá mis dolores y errores nunca alcancen la magnitud de los suyos, pero pienso en él y me distrae. Mal de muchos, consuelo de tontos ¿no? Quizá mis actos tampoco se acerquen ni a la mitad de los tuyos, pero en ellos intento conseguir la mayor repercusión posible.
Quizá, tú, no leas esto, da igual, mis pensamientos no cambian, siguen invariables, inamovibles, fijados en como conseguir despejar 'x' para que te des cuenta que estoy aquí, que quiero más y que lo que quiero es dejar de actuar como dos que se buscan pero no se encuentran, acabar con los silencios incómodos, reír a carcajadas, que me des la mano y dar la vuelta al mundo, sonreír por todo y por nada, tan solo dar el paso...para coger peces hay que mojarse el culo, y si solo coges un 'resfriao' ya vendrá otra persona a curarte ese 'resfriao', o eso dicen los sabixs del lugar.
Mientras tanto me quedo con el dolor de espalda, recordando a Atlas como un gilipollas, sin saber si continuar con esto, si acaso hubo esto, quizá sea mejor olvidarme de todo, y que se vaya con el humo.